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Homilías y otros textos
de nuestro Abad
Dom Jesús Marrodán |
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9 de Marzo 2010
MARTES 3ª SEMANA DE CUARESMA
-APERTURA DE LA RE-
Evangelio
de s. Mateo 18,21-35
Hermanos y hermanas: el perdón es una categoría divina cuya comprensión
plena exige el paso obligado por la Palabra Neotestamentaria. Porque si no
pasa ese filtro, podría quedarse en una mera pose social, en un mero
recurso psicológico, en un sucedáneo de la auténtica postura cristiana.
Jesús le dio mucha importancia, no sólo por sus insistencia sobre el tema;
por su recomendación obligada en nuestra diaria oración según el modelo
del Padre Nuestro; por los ejemplos aducidos en sus parábolas; sino, sobre
todo, por el ejercicio que El mismo hizo en una coyuntura realmente
extrema de su vida: el perdón perfecto a los enemigos que abarca hasta las
intenciones: “No saben lo que hacen”.
Desde un punto de vista meramente antropológico, el perdón puede ser
considerado como un gesto elegante, magnánimo, sabio y tolerante. Desde el
teológico es un signo salvador, sanante, creador de espacios de libertad y
de respeto, garantizando que, en la medida en que nosotros lo ejercemos
con los demás, lo ejerce Dios con nosotros. No puede ser de otra manera si
queremos que exista una mínima coherencia entre causa y efecto.
¿Por qué el perdón (o si preferís la compasión) es considerada como una
virtud monacal, hasta el punto de que en la religión budista constituye
uno de los pilares de su “espiritualidad”, un principio básico de su
doctrina? Desde la óptica del Evangelio lo entendemos cuando senos invita
nada menos que “a ser compasivos como nuestro Padre Dios es compasivo”. Es
decir, que debemos situarnos en los antípodas de la intolerancia y la
cerrazón de mente y de corazón. ¿Os habéis preguntado por qué el estamento
monástico puede convertirse en el puente ecuménico para la deseada unión
no sólo de cristianos sino de toda la humanidad? Es por la vía de la
compasión, del perdón, de la comprensión, de la paciencia… Nadie como el
monje que busca apasionadamente a Dios sabe cuán escurridiza es la idea de
Dios; el monje es, por naturaleza, humilde, no es grandilocuente, no se
cree en la posesión de la verdad, no es un fundamentalista; por eso es
modesto y comprensivo, respetuoso y abierto, siempre dispuesto a aprender
de todo y de todos, solitario y solidario, asceta y magnánimo, exigente
consigo mismo y fácil perdonador de los demás.
Hermanos y hermanas: permitidme que sea este el eslabón que enganche con
la circunstancia que vamos a vivir durante esta semana. En realidad el
tema central de nuestras reflexiones y nuestra puesta en común va a ser
esta: ¿Qué tipo o modelo de monje es necesario hoy? ¿Cómo nos adaptamos a
la cultura actual? Tal vez más que creando una especie de anti o
contra-cultura, más que dinamitando el complejo de valores en los que se
mueve el hombre de hoy lo que necesitamos es un discernimiento hecho a la
luz de la Palabra y del Espíritu. ¿Por qué no aprovechamos lo mucho
aprovechable, reciclando más que destruyendo?
Creo sinceramente que el “fenómeno monástico” es capaz de supervivir a
todos los ciclos y períodos, a todas las crisis y bandazos si vivimos con
autenticidad, es decir, con sencillez: poniendo amabilidad donde hay
agresividad, silencio donde hay ruido, compasión donde hay heridas
profundas, cariño donde existen carencias hondas, tolerancia donde hay
rigidez, perdón donde hay ofensa, oración donde hay pecado. Permitidme que
os diga que en el PERDON está la clave. Si no perdonamos a nuestra
sociedad no podremos redimirla. Como hizo Jesús. En el perdón está el
amor, y ante el amor se sucumbe siempre. “Todo lo puede el amor”, decía
Santa Teresa de Calcuta. No hace falta que hagamos muchas cosas, hermanos
y hermanas: SEAMOS. El monje es puro signo, puro testimonio. Así fue. Así
es. Así será.
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17 de Febrero 2010
MIÉRCOLES DE CENIZA
La Cuaresma constituye una experiencia religiosa, con
unas peculiares connotaciones, dentro de un marco más amplio que es el
conjunto del Misterio Pascual: El ciclo litúrgico que cada año renovamos
siguiendo el ritmo de la naturaleza, de nuestra propia biología y a merced
de los impulsos de nuestro espíritu estimulado por el Espíritu Santo. Y es
bueno que exista esta melodía oscilante, que tanto nuestro cuerpo como
nuestro espíritu vivan realidades alternativas como son las del dolor y la
alegría, la de la conversión y la de la paz, la del arrepentimiento y la
del perdón, la de la abstinencia y la de la plenitud, la del desierto y la
de la tierra prometida. No entenderíamos el agua sin la sed, el gozo sin
la prueba, el amor sin el perdón, el traje de fiesta sin la ceniza…
Nos movemos, además, dentro de los símbolos, de la
gran parábola de la vida que tan de relieve nos pone la Liturgia durante
este tiempo de Cuaresma: Son efectivamente 40 días, una cifra, un número
con significado no estrictamente aritmético, sino con un sentido nuevo,
liberador; un número que trasciende las coordenadas del tiempo y del
espacio.
Se trata de una herencia judía que hemos adoptado sin
rubor ni disimulo en el cristianismo, porque va con nuestra naturaleza
humana, purificando los elementos legendarios, pero respetando su
significado arquetípico. Y nos sirve. Nos sirve para revivir la historia
más allá de un tiempo concreto, de un peregrinaje por el desierto, de una
búsqueda de Dios durante 40 días, durante 40 años, durante 40 siglos… Es
la parábola de esa búsqueda y encuentro de Dios que se halla en el impulso
primordial del corazón del hombre. Mediante la abstracción numérica
liberamos ese núcleo espiritual al que, de alguna manera, acotamos para
que no resulte una entelequia sino que tenga una proyección real en
nuestras vidas. Por eso las cosas las hacemos a la de tres, o medimos
distancias, o ayunamos tres días por semana, o nos retiramos a orar
durante 10 días, o pasamos 40 días preparándonos para la Pascua.
En este contexto nos resulta ya indiferente si el
número 40, en civilizaciones ancestrales, era atributo del dios de las
aguas, como el 50 lo era del dios del espacio y el 30 de la diosa Luna.
Para nosotros estos cuarenta días, que iniciamos con el rito penitencial
de la imposición de la ceniza sobre nuestras cabezas, van a revestir un
carácter de conversión y de penitencia, de ascesis y de oración, de
limosna y ayuno. Queremos purificar el corazón.
Sabemos que en 40 días no se transforma una persona,
pero fijar un número, además de resultar pedagógico, nos enseña a saber
trascender unas medidas y unos topes, a vivir una experiencia colectiva
religiosa avalada por siglos de existencia: por el vector vamos a la
línea; por lo temporal, a lo eterno; por lo inmanente, a lo trascendente;
por los números de los hombres, a los números de Dios. Probablemente es
esto lo que nos insinúa S. Benito cuando dice que “toda la vida del monje
debería ser una continua cuaresma”. O sea, que la Cuaresma es un símbolo
de la vida del monje. Pierde el número su valor práctico para adquirir un
significado distinto y mayor. Creo sinceramente que es con este espíritu
con el que debemos vivir la Cuaresma.
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2 de Febrero 2010
PRESENTACIÓN DEL SEÑOR
Leemos en Ex 13,11-13: “Ofrecerás a Yavé todo
primogénito… Pero rescatarás todo primogénito del hombre entre tus hijos.”
Y en Lv 12,6-8: Cumplidos los días de su purificación (40) presentará ante
el sacerdote… un cordero primal y un pichón o una tórtola… Si las
posibilidades no llegan a un cordero, presentará dos tórtolas o dos
pichones”.
La razón del rito nos la da también el texto sagrado:
Se hace en memoria del castigo de Dios a los Egipcios a quienes privó de
sus primogénitos por negarse el Faraón a dejar salir de su tierra al
pueblo hebreo. Un rito, pues, de reconocimiento del dominio de Dios y de
gratitud al mismo tiempo.
No deja de ser un gesto rutinario que, en nuestro
caso, viene acompañado de ciertos elementos que le otorgan un sentido
pleno ya que el niño con quien se practica el rito no es un niño
cualquiera, aunque de hecho pase desapercibido para quienes no poseen el
fino sentido de discernimiento del Espíritu Santo.
Pero he aquí que aparece en escena un personaje
llamado Simeón, “hombre honrado y piadoso” como lo describe S. Lucas. De
él no sabemos si era joven o viejo, si solía o no frecuentar el templo, si
gozaba de algún crédito popular, si era letrado o más bien del montón…La
aparición de este personaje en la vida de Jesús nos deja tan perplejos
como la de los Reyes Magos. A José y a María les debió ocurrir lo mismo.
Lo que sí tenemos claro, siguiendo a S. Lucas, es que
este encuentro no fue casual, fortuito, sino dispuesto por el Espíritu
Santo ya que Lucas deja muy claro que en este buen hombre moraba el
Espíritu Santo, y que fue el propio Espíritu el que le impulsó a ir al
templo precisamente ese día, previa inspiración de que no moriría sin ver
al Mesías-Salvador. (Esta circunstancia, unida al tenor de su oración
“puedes dejar a tu siervo irse en paz” ha podido dar pábulo para pensar
que Simeón ya era de edad provecta).
Otra persona que interviene activamente -y de esta sí
que se dice que era anciana- es la profetisa Ana, hija de Fanuel. También
sabemos de ella que era adicta al templo del que no se separaba ni de día
ni de noche, orando y ayunando. Su testimonio era valioso por su calidad
de profetisa. Tal vez su vida de ascesis y oración, de entrega absoluta a
las cosas de Dios la dotaron de clarividencia para saber distinguir al
Niño de los otros muchos que se presentaban en el templo.
El eco y alcance de estos hechos singulares parece
que no tuvo gran repercusión entre la gente del pueblo, a pesar de las
palabras proféticas de Simeón cuando le dijo a su Madre que el Niño sería
signo de contradicción y bandera de discordia, causa de controversia y
motivo de hondo dolor para ella.
Una vez de vuelta a Nazaret la vida de Jesús
transcurría con tal normalidad y monotonía que nuestro Cronista ha podido
describirla en tres breves frases: Crecía y se robustecía; se llenaba de
sabiduría; y avanzaba lleno de la gracia del Señor. Esto es todo lo que
sabemos de los 30 años que precedieron a la vida pública de Jesús que,
como sabemos vivió 33. Fuera del episodio de su estancia en el templo de
Jerusalén cuando tenía 12 años, ni una palabra, ni un gesto, ni la más
mínima señal de vida de quien ha venido precisamente para darnos ejemplo
de vida.
Y es que no hace falta hacer o decir cosas para
constituirse en ejemplo o en pedagogo de nadie. O mejor: también el
silencio y la soledad son pedagógicos; y una vida escondida puede resultar
ejemplar. Porque dijo el mismo Jesús que “nada hay tan escondido que no
salga a la luz”. Referido esto tanto a lo bueno como a lo malo. Nos
movemos en el mundo de la gracia, o lo que es lo mismo en el mundo de la
luz. Las candelas encendidas que hoy portamos son el símbolo de esa
irradiación espiritual que emana de todo cristiano por el mero hecho de
serlo. ¿No está basado en esto precisamente el mensaje de la vida
monástica?
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26 de Enero 2010
SANTOS FUNDADORES DE CISTER
Disertar acerca de la Santidad siempre me produce un marcado respeto y un
temor reverente; no en vano es un atributo exclusivamente divino y que,
como todo lo relacionado con Dios, hay que tratarlo “con temor y temblor”,
en la medida en que la Trascendencia supera nuestra escasísima
comprensión, y en el grado en que el Amor Supremo supera la limitadísima
capacidad afectiva del ser humano.
Esta constatación, que no necesita de mayor esfuerzo dialéctico para
probarla y asumirla, presenta no obstante su parte débil al analizar “a
posteriori” los planes de Dios; basta caer en la cuenta de hasta qué punto
se han modificado nuestros esquemas mentales, filosóficos y antropológicos
tras el dato clave de la Encarnación del Verbo, de la humanización de Dios
en la Persona de Cristo Jesús.
A partir de esta experiencia real e histórica, ya todo es posible. Podemos
hablar no ya de la santidad del Dios Trascendente, sino del Hombre “lleno
de gracia y de verdad” que pasó por la vida “haciendo el bien” justamente
porque no tuvo otra intención en su vida que cumplir la voluntad del
Padre: ese fue su alimento, su aire, el sentido de su vida… Eso es
cabalmente la santidad: incrustar nuestra voluntad, nuestro proyecto,
nuestro plan, nuestro itinerario vital en el proyecto global de Dios. “Sed
santos como vuestro Padre celestial es santo”, nos recomendó el Maestro. Y
nos dijo la manera cómo debemos levar a cabo esta misión: “Que se haga su
voluntad en nosotros”.
Si analizamos la trayectoria de Jesús de Nazaret, su vida santa no fue
otra cosa que un cumplimiento fiel de la voluntad de su Padre. Es decir,
Jesús es el santo por excelencia, pero no olvidemos que Jesús, además de
ser verdadero Dios, es verdadero hombre. Se convierte así en modelo,
testigo, primicia y garantía de una vida santa, vivida en plenitud, en
amor pleno a Dios y a sus hermanos los hombres.
Bien, pues este es el esquema, esta es la falsilla o la carátula que
debemos aplicar los humanos y que hoy concretamente superponemos a las
vidas de nuestros Padres Fundadores. Ellos han dado efectivamente la
medida. Su vida fue sinceridad, generosidad y coraje. No se amilanaron
ante el esfuerzo, la dificultad, la incomprensión: llevaron adelante un
proyecto de renovación de la vida monástica con fe y obediencia, con
humildad y buen celo contra viento y marea, atravesando agudos momentos de
oscuridad, de incertidumbre, de inseguridad, de desarraigo. Supieron, no
obstante, superar las pruebas y seguir las inspiraciones divinas con todas
sus consecuencias. Atentos al cumplimiento de su voluntad.
Nosotros somos el fruto de su fe, de su constancia, de su caridad, de su
santa rebeldía, de su desinteresada entrega. “Por sus frutos los
conoceréis”. La floración cisterciense ha sido exuberante en sus 10 siglos
de historia y esperamos que lo siga siendo en lo sucesivo. La Iglesia ha
refrendado la santidad de nuestros Padres incluyéndolos en la lista de los
canonizados. Hoy conmemoramos su santidad y nos encomendamos a ellos con
ánimo de seguir sus preclaros ejemplos de vida virtuosa.
Los monjes cistercienses tenemos un deber de gratitud: gratitud a Dios que
es el origen y la causa de toda santidad; y a Cristo, Modelo supremos y
alegría de todos los santos; y a estos tres Padres nuestros que nos
señalaron un camino, nos marcaron unos cauces y nos abrieron un surco en
el que depositar la semilla de nuestro propio desarrollo espiritual, con
nuestras peculiaridades, con esos matices que ellos mismos imprimieron en
la espiritualidad cristiana y monacal.
SANTOS ROBERTO, ALBERICO Y ESTEBAN, ROGAD POR NOSOTROS.
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6 de Enero 2010
EPIFANÍA DEL SEÑOR
Sólo el Evangelio de S.
Mateo registra este curioso episodio de la Infancia de Jesús; episodio que
no deja de parecernos un tanto insólito, raro. Es verdad que los
Evangelios no son simplemente “narraciones”, sino “mensaje”, revestido a
veces con ropajes ficticios, aunque se respete el núcleo de verdad
doctrinal. No sé si Mateo puso a este acontecimiento un decorado
excesivamente “oriental”, pero debemos ir al mensaje, al meollo, al
corazón de lo que nos cuenta.
Estos personajes -que
no sabemos si fueron tres o más, o menos-, nos sirven estupendamente de
modelos con los que confrontar nuestra conducta; ejemplares de actitudes
sanas y razonables; estímulos para nuestra puesta en marcha hacia la
búsqueda de Dios.
Si analizamos
detenidamente la no muy extensa narración de Mateo, aparecen en estos
magos unos comportamientos que nos cuestionan e interpelan, sobre todo en
el campo de nuestras relaciones con Dios, de nuestra vida cristiana. Quizá
no todos los rasgos sean igualmente provechosos en cada circunstancia
particular y personal, pues la trayectoria espiritual de cada persona es
única, exclusiva; pero puede haber puntos comunes para los que la
experiencia de los demás puede constituir un recurso didáctico nada
desdeñable.
Yo quiero fijarme en
una serie de reacciones de estos curiosos personajes, y que sólo
brevemente apuntaré, con el fin de que cada uno complete a su manera todo
aquello que considere más afín a su propia necesidad o conveniencia. Me
atengo exclusivamente a los datos escuetos suministrados por el
Evangelista, teniendo sumo cuidado de no inmiscuirlos con otras añadiduras
que la imaginación, la literatura o el arte hayan podido adicionar para
hacer más completa o más rica la esquemática narración de S. Mateo.
- Sabemos que estos personajes vienen de
Oriente y que han conseguido llegar hasta Jerusalén buscando al Rey de los
judíos, al Mesías anunciado y cuyo nacimiento, según ellos, ha sido
revelado por el fulgor de una estrella, la suya, o sea nueva, inédita.
Ellos han estado atentos a los signos de los tiempos, no por simple
curiosidad, sino porque estos signos son tan claros y elocuentes que
obligan a iniciar la búsqueda. Es curioso que, viniendo de tan lejos,
estén enterados de la noticia, al contrario de los letrados del país que
no se han percatado de nada. Mira tú: ese Niño al que buscan un día
proclamará: “Los últimos serán los primeros”.
- Hay que reconocer en estos exploradores
un cierto espíritu aventurero a quienes empuja la constancia, la
tenacidad, la convicción de que merece la pena seguir; pero el riesgo es
algo inherente a toda búsqueda y, sobre todo, si el bien que se pretende
es un bien Absoluto. Por el Reino uno arriesga hasta la vida. Lo dirá
también el Niño de Belén ya más crecidito.
- Otro aspecto a considerar es su
valentía, el no rendirse ante el aparente fracaso; usar cualquier medio
para no perder la pista del camino emprendido. Ellos revelan humildad en
la búsqueda y preguntan a quienes suponen que saben más que ellos. Y
efectivamente reciben la información deseada y la luz, precisamente de
los ignorantes y ciegos que no saben que ya llegaron los tiempos
mesiánicos.
- Los Magos no se distraen. Van a lo suyo.
Una vez informados no se quedan en la ciudad sino que se ponen de nuevo
en marcha. No divagan. No discuten. Tienen claro su objetivo. Todo lo
demás es secundario, episódico. Y claro, esta sana intención se ve
reforzada con la luz que de nuevo aparece y les llena de inmensa alegría.
Como experimenta todo hombre atribulado cuando ve la luz al final del
túnel oscuro.
- Es de admirar también en ellos la fe
para no dejarse despistar por las apariencias, o porque la realidad no
coincide con los iconos falsos que de ella podamos hacernos. Un Mesías, un
Rey d los judíos, un Esperado de las naciones con estrella propia… no
parecía identificarse con ese Niño que está con una Madre, tal vez algo
asustada. Sin embargo ellos rompen esa barrera de la apariencia y se
postran ante El para adorarlo. Fe, reverencia, intención nobilísima y
generosidad es lo que desborda del corazón de estos desconocidos que
acaban de toparse con la Verdad, la Luz y el Amor. (Que así se
autodefinirá el futuro Pastor de Israel).
- Y no olvidemos un detalle importante en
los magos: su obediencia a las inspiraciones de lo alto junto a su
prudencia y sagacidad a la hora de dejar a Herodes “con un palmo de
narices”, volviéndose a su tierra por otro camino para despistar al
envidioso reyezuelo.
- Por último, personalmente me causa
admiración la aparición y desaparición de estos hombres extraños pero
entrañables, que no dejan rastro y que nadie supo de ellos ni antes ni
después de vivir este corto episodio de sus vidas que para ellos, sin
lugar a dudas, fue decisivo. Pero nosotros les estamos agradecidos porque
nos han dejado el testimonio de su hazaña y la clara lección de una
búsqueda no fácil finalmente coronada con el Encuentro más enriquecedor y
plenificante que el hombre pueda soñar.
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1 de Enero 2010
SANTA MARÍA MADRE DE DIOS
Estamos en Navidad. Tenemos los ojos y el corazón
puestos en un Bebé. Los bebés absorben la atención de toda la familia:
desde los abuelos hasta los hermanitos más pequeños, si los hay; desde los
parientes y amigos hasta los vecinos o personas extrañas. ¡Tan pequeñitos
y se convierten en el centro de atención! Todos pendientes de sus risas y
sus lloros, de sus muecas o mohines, de su sueños o vigilias, de sus
hambres o de sus hartazgos… “¡Nos tiene locos a todos!” -exclaman los
familiares más allegados-. Esta fascinación natural que se siente ante un
bebé cualquiera queda potenciada, hasta un grado sublime, cuando el niño
en cuestión no es otro que el Niño Jesús nacido en Belén, el Hijo de
María.
Hoy, la Iglesia parece que intenta desviar un poco
esta atención y orientarla más bien hacia la Madre. Digo “parece” porque
en realidad los vamos a encontrar juntos al Hijo y a la Madre. La más
entrañable estampa la forman el Niño y la Madre en cuyos brazos reposa o
duerme como si se tratara de las cuna más cómoda o el más rico de los
tronos. Tanto los Magos como los Pastores encontraron a Jesús con María su
Madre. María Madre se convierte así en el “signo”, la señal, el modelo de
las madres y de la maternidad; en el espejo en el que todas las madres
debieran mirarse, para saber cómo relacionarse con sus hijos y también con
los demás.
Claro, nosotros sabemos que María es la Madre de
Dios. Y esta conciencia, pensamos, condicionaría expresivamente el
comportamiento y las actitudes de María. Pero creo que esto más bien lo
piensan los poetas y los teólogos. No hay que exagerar, como hacen los
Apócrifos. María fue descubriendo poco a poco el misterio de su Hijo. S.
Lucas se revela muy objetivo y humano en este aspecto cuando nos narra
algunos episodios de la infancia de Jesús y su repercusión en la manera de
reaccionar de su Madre. Una de las observaciones de Lucas que más me han
impresionado siempre es la frase que estamos repitiendo tanto estos días y
que hemos recordado hoy en el Evangelio.”María conservaba todas estas
cosas, meditándolas en su corazón”. Esta misma expresión la encontraremos
en el episodio del Niño que se queda en el templo, porque es la casa de su
Padre.
María, como cualquier madre, observa los tres niveles
de crecimiento a los que alude, también en dos ocasiones, S. Lucas. María
observa cómo Jesús va creciendo en edad y estatura (“es que no gano para
túnicas”), cómo van cambiando las facciones de un rostro aniñado al de un
muchacho. Juntamente aprecia en él un crecimiento en el saber, una
evolución en sus razonamientos (“¡qué listo es mi Jesús!”), una madurez
síquica. Pero, sobre todo intuye, más que ve, su crecimiento en gracia, en
su manera de asumir su papel de Mesías, en su vivencia cada vez más
profunda de su filiación divina. Y esto a un ritmo que María no consigue
asimilar y por eso almacena las experiencias, lo que oye de él y lo que de
él dicen otros, sus comportamientos aparentemente una tanto “anormales”.
Todo lo lleva a su prudencia y discreción, a su oración y discernimiento,
en una palabra: lo rumia en su corazón.
Porque así como decimos que Jesús fue paulatinamente
descubriendo su proyecto mesiánico, su papel como Salvador del pueblo, su
categoría de Hijo de Dios mediante la oración, los signos y señales, la
obediencia, el discernimiento alentado por el Espíritu… de modo análogo
María fue poco a poco perfilando su propio proyecto tan similar al de su
Hijo precisamente como Madre del Mesías y Cooperadora necesaria en la obra
de la Salvación. Ella fue encontrando los modos concretos de ejercer como
Madre de Dios y de los hombres tras múltiples experiencias.
No puedo, aunque me gustaría, desarrollar con más
amplitud las implicaciones maternas de María con Jesús, el Cristo y con
los que nos consideramos formando parte de su Cuerpo Total. Me gustaría
enfatizar ese papel esencial de la maternidad de María sobre nosotros que
lleva a cabo con gran amor y fidelidad. Esto nos debería llenar de
confianza, lo mismo que en las familias la madre da seguridad a los hijos.
Por fortuna en la familia de la Iglesia tenemos a la mejor de las Madres.
Y como dice el Papa Benedicto XVI –y con sus palabras termino- “María
protege con su amor a la familia de Dios que peregrina en este mundo. Ella
es la imagen ejemplar de todas las madres, de su gran misión como
guardianas de la vida, de su misión de enseñar el arte de vivir, el arte
de amar”. (Homilía del 9-7-2006).
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