San Pedro de Cardeña - Burgos -

 

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Actualizado

10/03/2010

 

Palabra de Abad

       Homilías y otros textos

                   de nuestro Abad

                           Dom Jesús Marrodán

   

9 de Marzo 2010

MARTES  3ª SEMANA DE CUARESMA

-APERTURA DE LA RE-

 Evangelio de s. Mateo 18,21-35

 Hermanos y hermanas: el perdón es una categoría divina cuya comprensión plena exige el paso obligado por la Palabra Neotestamentaria. Porque si no pasa ese filtro, podría quedarse en una mera pose social, en un mero recurso psicológico, en un sucedáneo de la auténtica postura cristiana. Jesús le dio mucha importancia, no sólo por sus insistencia sobre el tema; por su recomendación obligada en nuestra diaria oración según el modelo del Padre Nuestro; por los ejemplos aducidos en sus parábolas; sino, sobre todo, por el ejercicio que El mismo hizo en una coyuntura realmente extrema de su vida: el perdón perfecto a los enemigos que abarca hasta las intenciones: “No saben lo que hacen”.

 Desde un punto de vista meramente antropológico, el perdón puede ser considerado como un gesto elegante, magnánimo, sabio y tolerante. Desde el teológico es un signo salvador, sanante, creador de espacios de libertad y de respeto, garantizando que, en la medida en que nosotros lo ejercemos con los demás, lo ejerce Dios con nosotros. No puede ser de otra manera si queremos que exista una mínima coherencia entre causa y efecto.

 ¿Por qué el perdón (o si preferís la compasión) es considerada como una virtud monacal, hasta el punto de que en la religión budista constituye uno de los pilares de su “espiritualidad”, un principio básico de su doctrina? Desde la óptica del Evangelio lo entendemos cuando senos invita nada menos que “a ser compasivos como nuestro Padre Dios es compasivo”. Es decir, que debemos situarnos en los antípodas de la intolerancia y la cerrazón de mente y de corazón. ¿Os habéis preguntado por qué el estamento monástico puede convertirse en el puente ecuménico para la deseada unión no sólo de cristianos sino de toda la humanidad? Es por la vía de la compasión, del perdón, de la comprensión, de la paciencia… Nadie como el monje que busca apasionadamente a Dios sabe cuán escurridiza es la idea de Dios; el monje es, por naturaleza, humilde, no es grandilocuente, no se cree en la posesión de la verdad, no es un fundamentalista; por eso es modesto y comprensivo, respetuoso y abierto, siempre dispuesto a aprender de todo y de todos, solitario y solidario, asceta y magnánimo, exigente consigo mismo y fácil perdonador de los demás.

 Hermanos y hermanas: permitidme que sea este el eslabón que enganche con la circunstancia que vamos a vivir durante esta semana. En realidad el tema central de nuestras reflexiones y nuestra puesta en común va a ser esta: ¿Qué tipo  o modelo de monje es necesario hoy? ¿Cómo nos adaptamos a la cultura actual? Tal vez más que creando una especie de anti o contra-cultura, más que dinamitando el complejo de valores en los que se mueve el hombre de hoy lo que necesitamos es un discernimiento hecho a la luz de la Palabra y del Espíritu. ¿Por qué no aprovechamos lo mucho aprovechable, reciclando más que destruyendo?

 Creo sinceramente que el “fenómeno monástico” es capaz de supervivir a todos los ciclos y períodos, a todas las crisis y bandazos si vivimos con autenticidad, es decir, con sencillez: poniendo amabilidad donde hay agresividad, silencio donde hay ruido, compasión donde hay heridas profundas, cariño donde existen carencias hondas, tolerancia donde hay rigidez, perdón donde hay ofensa, oración donde hay pecado. Permitidme que os diga que en el PERDON está la clave. Si no perdonamos a nuestra sociedad no podremos redimirla. Como hizo Jesús. En el perdón está el amor, y ante el amor se sucumbe siempre. “Todo lo puede el amor”, decía Santa Teresa de Calcuta. No hace falta que hagamos muchas cosas, hermanos y hermanas: SEAMOS. El monje es puro signo, puro testimonio. Así fue. Así es. Así será.

 

 

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17 de Febrero 2010

MIÉRCOLES DE CENIZA

La Cuaresma constituye una experiencia religiosa, con unas peculiares connotaciones, dentro de un marco más amplio que es el conjunto del Misterio Pascual: El ciclo litúrgico que cada año renovamos siguiendo el ritmo de la naturaleza, de nuestra propia biología y a merced de los impulsos de nuestro espíritu estimulado por el Espíritu Santo. Y es bueno que exista esta melodía oscilante, que tanto nuestro cuerpo como nuestro espíritu vivan realidades alternativas como son las del dolor y la alegría, la de la conversión y la de la paz, la del arrepentimiento y la del perdón, la de la abstinencia y la de la plenitud, la del desierto y la de la tierra prometida. No entenderíamos el agua sin la sed, el gozo sin la prueba, el amor sin el perdón, el traje de fiesta sin la ceniza…

Nos movemos, además, dentro de los símbolos, de la gran parábola de la vida que tan de relieve nos pone la Liturgia durante este tiempo de Cuaresma: Son efectivamente 40 días, una cifra, un número con significado no estrictamente aritmético, sino con un sentido nuevo, liberador; un número que trasciende las coordenadas del tiempo y del espacio.

Se trata de una herencia judía que hemos adoptado sin rubor ni disimulo en el cristianismo, porque va con nuestra naturaleza humana, purificando los elementos legendarios, pero respetando su significado arquetípico. Y nos sirve. Nos sirve para revivir la historia más allá de un tiempo concreto, de un peregrinaje por el desierto, de una búsqueda de Dios durante 40 días, durante 40 años, durante 40 siglos… Es la parábola de esa búsqueda y encuentro de Dios que se halla en el impulso primordial del corazón del hombre. Mediante la abstracción numérica liberamos ese núcleo espiritual al que, de alguna manera, acotamos para que no resulte una entelequia sino que tenga una proyección real en nuestras vidas. Por eso las cosas las hacemos a la de tres, o medimos distancias, o ayunamos tres días por semana, o nos retiramos a orar durante 10 días, o pasamos 40 días preparándonos para la Pascua.

En este contexto nos resulta ya indiferente si el número 40, en civilizaciones ancestrales, era atributo del dios de las aguas, como el 50 lo era del dios del espacio y el 30 de la diosa Luna. Para nosotros estos cuarenta días, que iniciamos con el rito penitencial de la imposición de la ceniza sobre nuestras cabezas, van a revestir un carácter de conversión y de penitencia, de ascesis y de oración, de limosna y ayuno. Queremos purificar el corazón.

Sabemos que en 40 días no se transforma una persona, pero fijar un número, además de resultar pedagógico, nos enseña a saber trascender unas medidas y unos topes, a vivir una experiencia colectiva religiosa avalada por siglos de existencia: por el vector vamos a la línea; por lo temporal, a lo eterno; por lo inmanente, a lo trascendente; por los números de los hombres, a los números de Dios. Probablemente es esto lo que nos insinúa S. Benito cuando dice que “toda la vida del monje debería ser una continua cuaresma”. O sea, que la Cuaresma es un símbolo de la vida del monje. Pierde el número su valor práctico para adquirir un significado distinto y mayor. Creo sinceramente que es con este espíritu con el que debemos vivir la Cuaresma.

 

 

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2 de Febrero 2010

PRESENTACIÓN DEL SEÑOR

Leemos en Ex 13,11-13: “Ofrecerás a Yavé todo primogénito… Pero rescatarás todo primogénito del hombre entre tus hijos.” Y en Lv 12,6-8: Cumplidos los días de su purificación (40) presentará ante el sacerdote… un cordero primal y un pichón o una tórtola… Si las posibilidades no llegan a un cordero, presentará dos tórtolas o dos pichones”.

La razón del rito nos la da también el texto sagrado: Se hace en memoria del castigo de Dios a los Egipcios a quienes privó de sus primogénitos por negarse el Faraón a dejar salir de su tierra al pueblo hebreo. Un rito, pues, de reconocimiento del dominio de Dios y de gratitud al mismo tiempo.

No deja de ser un gesto rutinario que, en nuestro caso, viene acompañado de ciertos elementos que le otorgan un sentido pleno ya que el niño con quien se practica el rito no es un niño cualquiera, aunque de hecho pase desapercibido para quienes no poseen el fino sentido de discernimiento del Espíritu Santo.

Pero he aquí que aparece en escena un personaje llamado Simeón, “hombre honrado y piadoso” como lo describe S. Lucas. De él no sabemos si era joven o viejo, si solía o no frecuentar el templo, si gozaba de algún crédito popular, si era letrado o más bien del montón…La aparición de este personaje en la vida de Jesús nos deja tan perplejos como la de los Reyes Magos. A José y a María les debió  ocurrir lo mismo.

Lo que sí tenemos claro, siguiendo a S. Lucas, es que este encuentro no fue casual, fortuito, sino dispuesto por el Espíritu Santo ya que Lucas deja muy claro que en este buen hombre moraba el Espíritu Santo, y que fue el propio Espíritu el que le impulsó a ir al templo precisamente ese día, previa inspiración de que no moriría sin ver al Mesías-Salvador. (Esta circunstancia, unida al tenor de su oración “puedes dejar a tu siervo irse en paz” ha podido dar pábulo para  pensar que Simeón ya era de edad provecta).

Otra persona que interviene activamente -y de esta sí que se dice que era anciana- es la profetisa Ana, hija de Fanuel. También sabemos de ella que era adicta al templo del que no se separaba ni de día ni de noche, orando y ayunando. Su testimonio era valioso por su calidad de profetisa. Tal vez su vida de ascesis y oración, de entrega absoluta a las cosas de Dios la dotaron de clarividencia para saber distinguir al Niño de los otros muchos que se presentaban en el templo.

El eco y alcance de estos hechos singulares parece que no tuvo gran repercusión entre la gente del pueblo, a pesar de las palabras proféticas de Simeón cuando le dijo a su Madre que el Niño sería signo de contradicción y bandera de discordia, causa de controversia y motivo de hondo dolor para ella.

Una vez de vuelta a Nazaret la vida de Jesús transcurría con tal normalidad y monotonía que nuestro Cronista ha podido describirla en tres breves frases: Crecía y se robustecía; se llenaba de sabiduría; y avanzaba lleno de la gracia del Señor. Esto es todo lo que sabemos de los 30 años que precedieron a la vida pública de Jesús que, como sabemos vivió 33. Fuera del episodio de su estancia en el templo de Jerusalén cuando tenía 12 años, ni una palabra, ni un gesto, ni la más mínima señal de vida de quien ha venido precisamente para darnos ejemplo de vida.

Y es que no hace falta hacer o decir cosas para constituirse en ejemplo o en pedagogo de nadie. O mejor: también el silencio y la soledad son pedagógicos; y una vida escondida puede resultar ejemplar. Porque dijo el mismo Jesús que “nada hay tan escondido que no salga a la luz”. Referido esto tanto a lo bueno como a lo malo. Nos movemos en el mundo de la gracia, o lo que es lo mismo en el mundo de la luz. Las candelas encendidas que hoy portamos son el símbolo de esa irradiación espiritual que emana de todo cristiano por el mero hecho de serlo. ¿No está basado en esto precisamente el mensaje de la vida monástica?

 

 

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26 de Enero 2010

SANTOS FUNDADORES DE CISTER

Disertar acerca de la Santidad siempre me produce un marcado respeto y un temor reverente; no en vano es un atributo exclusivamente divino y que, como todo lo relacionado con Dios, hay que tratarlo “con temor y temblor”, en la medida en que la Trascendencia supera nuestra  escasísima comprensión, y en el grado en que el Amor Supremo supera la limitadísima capacidad afectiva del ser humano.

 Esta constatación, que no necesita de mayor esfuerzo dialéctico para probarla y asumirla, presenta no obstante su parte débil al analizar “a posteriori” los planes de Dios; basta caer en la cuenta de hasta qué punto se han modificado nuestros esquemas mentales, filosóficos y antropológicos tras el dato clave de la Encarnación del Verbo, de la humanización de Dios en la Persona de Cristo Jesús.

A partir de esta experiencia real e histórica, ya todo es posible. Podemos hablar no ya de la santidad del Dios Trascendente, sino del Hombre “lleno de gracia y de verdad” que pasó por la vida “haciendo el bien” justamente porque no tuvo otra intención en su vida que cumplir la voluntad del Padre: ese fue su alimento, su aire, el sentido de su vida… Eso es cabalmente la santidad: incrustar nuestra voluntad, nuestro proyecto, nuestro plan, nuestro itinerario vital en el proyecto global de Dios. “Sed santos como vuestro Padre celestial es santo”, nos recomendó el Maestro. Y nos dijo la manera cómo debemos levar a cabo esta misión: “Que se haga su voluntad en nosotros”.

Si analizamos la trayectoria de Jesús de Nazaret, su vida santa no fue otra cosa que un cumplimiento fiel de la voluntad de su Padre. Es decir, Jesús es el santo por excelencia, pero no olvidemos que Jesús, además de ser verdadero Dios, es verdadero hombre. Se convierte así en modelo, testigo, primicia y garantía de una vida santa, vivida en plenitud, en amor pleno a Dios y a sus hermanos los hombres.

Bien, pues este es el esquema, esta es la falsilla o la carátula que debemos aplicar los humanos y que hoy concretamente superponemos a las vidas de nuestros Padres Fundadores. Ellos han dado efectivamente la medida. Su vida fue sinceridad, generosidad y coraje. No se amilanaron ante el esfuerzo, la dificultad, la incomprensión: llevaron adelante un proyecto de renovación de la vida monástica con fe y obediencia, con humildad y buen celo contra viento y marea, atravesando agudos momentos de oscuridad, de incertidumbre, de inseguridad, de desarraigo. Supieron, no obstante, superar las pruebas y seguir las inspiraciones divinas con todas sus consecuencias. Atentos al cumplimiento de su voluntad.

Nosotros somos el fruto de su fe, de su constancia, de su caridad, de su santa rebeldía, de su desinteresada entrega. “Por sus frutos los conoceréis”. La floración cisterciense ha sido exuberante en sus 10 siglos de historia y esperamos que lo siga siendo en lo sucesivo. La Iglesia ha refrendado la santidad de nuestros Padres incluyéndolos en la lista de los canonizados. Hoy conmemoramos su santidad y nos encomendamos a ellos con ánimo de seguir sus preclaros ejemplos de vida virtuosa.

Los monjes cistercienses tenemos un deber de gratitud: gratitud a Dios que es el origen y la causa de toda santidad; y a Cristo, Modelo supremos y alegría de todos los santos; y a estos tres Padres nuestros que nos señalaron un camino, nos marcaron unos cauces y nos abrieron un surco en el que depositar la semilla de nuestro propio desarrollo espiritual, con nuestras peculiaridades, con esos matices que ellos mismos imprimieron en la espiritualidad cristiana y monacal.

SANTOS ROBERTO, ALBERICO Y ESTEBAN, ROGAD POR NOSOTROS.

 

 

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6 de Enero 2010

EPIFANÍA DEL SEÑOR

Sólo el Evangelio de S. Mateo registra este curioso episodio de la Infancia de Jesús; episodio que no deja de parecernos un tanto insólito, raro. Es verdad que los Evangelios no son simplemente “narraciones”, sino “mensaje”, revestido a veces con ropajes ficticios, aunque se respete el núcleo de verdad doctrinal. No sé si Mateo puso a este acontecimiento un decorado excesivamente “oriental”, pero debemos ir al mensaje, al meollo, al corazón de lo que nos cuenta.

Estos personajes -que no sabemos si fueron tres o más, o menos-, nos sirven estupendamente de modelos con los que confrontar nuestra conducta; ejemplares de actitudes sanas y razonables; estímulos para nuestra puesta en marcha hacia la búsqueda de Dios.

Si analizamos detenidamente la no muy extensa narración de Mateo, aparecen en estos magos unos comportamientos que nos cuestionan e interpelan, sobre todo en el campo de nuestras relaciones con Dios, de nuestra vida cristiana. Quizá no todos los rasgos sean igualmente provechosos en cada circunstancia particular y personal, pues la trayectoria  espiritual de cada persona es única, exclusiva; pero puede haber puntos comunes para los que la experiencia de los demás puede constituir un recurso didáctico nada desdeñable.

Yo quiero fijarme  en una serie de reacciones de estos curiosos personajes, y que sólo brevemente apuntaré, con el fin de que cada uno complete a su manera todo aquello que considere más afín a su propia necesidad o conveniencia. Me atengo exclusivamente a los datos escuetos suministrados por el Evangelista, teniendo sumo cuidado de no inmiscuirlos con otras añadiduras que la imaginación, la literatura o el arte hayan podido adicionar para hacer más completa o más rica la esquemática narración de S. Mateo.

- Sabemos que estos personajes vienen de Oriente y que han conseguido llegar hasta Jerusalén buscando al Rey de los judíos, al Mesías anunciado y cuyo nacimiento, según ellos, ha sido revelado por el fulgor de una estrella, la suya, o sea nueva, inédita. Ellos han estado atentos a los signos de los tiempos, no por simple curiosidad, sino porque estos signos son tan claros y elocuentes que obligan a iniciar la búsqueda. Es curioso que, viniendo de tan lejos, estén enterados de la noticia, al contrario de los letrados del país que no se han percatado de nada. Mira tú: ese Niño al que buscan un día proclamará: “Los últimos serán los primeros”.

- Hay que reconocer en estos exploradores un cierto espíritu aventurero a quienes empuja la constancia, la tenacidad, la convicción de que merece la pena seguir; pero el riesgo es algo inherente a toda búsqueda y, sobre todo, si el bien que se pretende es un bien Absoluto. Por el Reino uno arriesga hasta la vida. Lo dirá también el Niño de Belén ya más crecidito.

 - Otro aspecto a considerar es su valentía, el no rendirse ante el aparente fracaso; usar cualquier medio para no perder la pista del camino emprendido. Ellos revelan humildad en la búsqueda y preguntan a quienes suponen que saben más que ellos. Y efectivamente reciben la información deseada y la luz,  precisamente de los ignorantes y ciegos que no saben que ya llegaron los tiempos mesiánicos.

- Los Magos no se distraen. Van a lo suyo. Una vez informados no se quedan en la ciudad sino que  se ponen de nuevo en marcha. No divagan. No discuten. Tienen claro su objetivo. Todo lo demás es secundario, episódico. Y claro, esta sana intención se ve reforzada con la luz que de nuevo aparece y les llena de inmensa alegría. Como experimenta todo hombre atribulado cuando ve la luz al final del túnel oscuro.

- Es de admirar también en ellos la fe para no dejarse despistar por las apariencias, o porque la realidad no coincide con los iconos falsos que de ella podamos hacernos. Un Mesías, un Rey d los judíos, un Esperado de las naciones con estrella propia… no parecía identificarse con ese Niño que está con una Madre, tal vez algo asustada. Sin embargo ellos rompen esa barrera de la apariencia y se postran ante El para adorarlo. Fe, reverencia, intención nobilísima y generosidad es lo que desborda del corazón de estos desconocidos que acaban de toparse con la Verdad, la Luz y el Amor. (Que así se autodefinirá el futuro Pastor de Israel).

- Y no olvidemos un detalle importante en los magos: su obediencia a las inspiraciones de lo alto junto a su prudencia y sagacidad a la hora de dejar a Herodes “con un palmo de narices”, volviéndose a su tierra por otro camino para despistar al envidioso reyezuelo.

- Por último, personalmente me causa admiración la aparición y desaparición de estos hombres extraños pero entrañables, que no dejan rastro y que nadie supo de ellos ni antes ni después de vivir  este corto episodio de sus vidas que  para ellos, sin lugar a dudas, fue decisivo. Pero nosotros les estamos agradecidos porque nos han dejado el testimonio de su hazaña y la clara lección de una búsqueda no fácil finalmente coronada con el Encuentro más enriquecedor y plenificante que el hombre pueda soñar.

 

 

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1 de Enero 2010

SANTA MARÍA MADRE DE DIOS

Estamos en Navidad. Tenemos los ojos y el corazón puestos en un Bebé. Los bebés absorben la atención de toda la familia: desde los abuelos hasta los hermanitos más pequeños, si los hay; desde los parientes y amigos hasta los vecinos o personas extrañas. ¡Tan pequeñitos y se convierten en el centro de atención! Todos pendientes de sus risas y sus lloros, de sus muecas o mohines, de su sueños o vigilias, de sus hambres o de sus hartazgos… “¡Nos tiene locos a todos!” -exclaman los familiares más allegados-. Esta fascinación natural que se siente ante un bebé cualquiera queda potenciada, hasta un grado sublime, cuando el niño en cuestión no es otro que el Niño Jesús nacido en Belén, el Hijo de María.

Hoy, la Iglesia parece que intenta desviar un poco esta atención y orientarla más bien hacia la Madre. Digo “parece” porque en realidad los vamos a encontrar juntos al Hijo y a la Madre. La más entrañable estampa la forman el Niño y la Madre en cuyos brazos reposa o duerme como si se tratara de las cuna más cómoda o el más rico de los tronos. Tanto los Magos como los Pastores encontraron a Jesús con María su Madre. María Madre se convierte así en el “signo”, la señal, el modelo de las madres y de la maternidad; en el espejo en el que todas las madres debieran mirarse, para saber cómo relacionarse con sus hijos y también con los demás.

Claro, nosotros sabemos que María es la Madre de Dios. Y esta conciencia, pensamos, condicionaría expresivamente el comportamiento y las actitudes de María. Pero creo que esto más bien lo piensan los poetas y los teólogos. No hay que exagerar, como hacen los Apócrifos. María fue descubriendo poco a poco el misterio de su Hijo. S. Lucas se revela muy objetivo y humano en este aspecto cuando nos narra algunos episodios de la infancia de Jesús y su repercusión en la manera de reaccionar de su Madre. Una de las observaciones de Lucas que más me han impresionado siempre es la frase que estamos repitiendo tanto estos días y que hemos recordado hoy en el Evangelio.”María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”. Esta misma expresión la encontraremos en el episodio del Niño que se queda en el templo, porque es la casa de su Padre.

María, como cualquier madre, observa los tres niveles de crecimiento a los que alude, también en dos ocasiones, S. Lucas. María observa cómo Jesús va creciendo en edad y estatura (“es que no gano para túnicas”), cómo van cambiando las facciones de un rostro aniñado al de un muchacho. Juntamente aprecia en él un crecimiento en el saber, una evolución en sus razonamientos (“¡qué listo es mi Jesús!”), una madurez síquica. Pero, sobre todo intuye, más que ve, su crecimiento en gracia, en su manera de asumir su papel de Mesías, en su vivencia cada vez más profunda de su filiación divina. Y esto a un ritmo que María no consigue asimilar y por eso almacena las experiencias, lo que oye de él y lo que de él dicen otros, sus comportamientos aparentemente una tanto “anormales”. Todo lo lleva a su prudencia y discreción, a su oración y discernimiento, en una palabra: lo rumia en su corazón.

Porque así como decimos que Jesús fue paulatinamente descubriendo su proyecto mesiánico, su papel como Salvador del pueblo, su categoría de Hijo de Dios mediante la oración, los signos y señales, la obediencia, el discernimiento alentado por el Espíritu… de modo análogo María fue poco a poco perfilando su propio proyecto tan similar al de su Hijo precisamente como Madre del Mesías y Cooperadora necesaria en la obra de la Salvación. Ella fue encontrando los modos concretos de ejercer como Madre de Dios y de los hombres tras múltiples experiencias.

No puedo, aunque me gustaría, desarrollar con más amplitud las implicaciones maternas de María con Jesús, el Cristo y con los que nos consideramos formando parte de su Cuerpo Total. Me gustaría enfatizar ese papel esencial de la maternidad de María sobre nosotros que lleva a cabo con gran amor y fidelidad. Esto nos debería llenar de confianza, lo mismo que en las familias la madre da seguridad a los hijos. Por fortuna en la familia de la Iglesia tenemos a la mejor de las Madres. Y como dice el Papa Benedicto XVI –y con sus palabras termino- “María protege con su amor a la familia de Dios que peregrina en este mundo. Ella es la imagen ejemplar de todas las madres, de su gran misión como guardianas de la vida, de su misión de enseñar el arte de vivir, el arte de amar”. (Homilía del 9-7-2006).

 

 

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