San Pedro de Cardeña - Burgos -

 

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15 / 08 /2008

 

Palabra de Abad

  Homilías de nuestro Abad

                        Dom Jesús Marrodán

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15 de Agosto 2008

Solemnidad

de la

 

ASUNCIÓN

DE

MARÍA VIRGEN

 

Patrona de Císter

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No sabía el modo ni encontraba las palabras adecuadas para comenzar esta homilía, que quiere ser un canto de Felicitación a María, la Madre de Jesús y nuestra. He buscado ayuda en la Escritura, pues ¿dónde fundamentar mejor cuanto digamos de este misterio   de la Asunción que en la misma palabra de Dios? Pero apenas hallamos alguna críptica mención en el libro del Apocalipsis, en la imagen cósmica de la mujer vestida de sol, con la luna a sus pies y coronada de doce estrellas.

 Ante esta escasez de datos bíblicos, la tarea de elaboración del Dogma ha sido ardua y prolija hasta llegar a su proclamación en 1950. Necesitaba aguas abundantes, y no sólo el escaso arroyuelo de la Escritura, para nutrir mi exposición e ilustrar mi homilía. Pero he aquí que topé no con un caudaloso río sino con un océano, el océano de la piedad mariana que, desde los primeros siglos del cristianismo hasta nuestros días, por boca, escritos, testimonios y vida de panegiristas, escritores, teólogos, tratadistas, santos, devotos, místicos, doctores y Papas han ilustrado y siguen ilustrando a la Iglesia de Dios con sólida doctrina mariana en la que fundamentar el sentido y el contenido de la Fiesta de hoy. A punto he estado de ahogarme felizmente en este mar, perdido entre la multitud de documentos que hablan de María, y en concreto de su apoteósica Asunción a los cielos.

 Porque es este un Misterio que cuajó hondamente en la devoción del pueblo cristiano, exteriorizada en el día de hoy, 15 de Agosto, en la celebración gozosa y solemne en tantos pueblos y ciudades. Este es, ni más ni menos, el sentido de esta Fiesta: alegrarnos de la alegría de nuestra Madre. Nuestro Papa actual lo ha expresado con claridad y belleza. He querido dejarme guiar por los testimonios de este Pontífice que une a su exquisito rigor teológico una acendrada devoción y piedad marianas, un gran sentido pastoral y, en ocasiones, una gran brillantez literaria. Tenemos la suerte de que los últimos Papas –al menos los que yo he conocido- desde Pío XII a quien debemos la proclamación del Dogma de la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos, hasta Benedicto XVI en quien me he inspirado ampliamente para diseñar esta homilía, han sido grandes propagandistas de la devoción mariana con su palabra y con su vida.

 Dice el Papa: “Nosotros podemos alabar y venerar a María porque es `feliz´, feliz para siempre. Y este es el contenido de esta fiesta” (homilía 15-8-2006).O sea, que debemos alegrarnos de que María nuestra Madre sea ya definitiva y absolutamente feliz. Viene a ser como nuestra proclamación, ya sin riesgo ni sombra ni precariedad, de su bienaventuranza tantas veces proclamada cuando vivía en este mundo. Efectivamente, se lo dijo el Angel..., pero María tenía que dar su SI incondicional; se lo dijo Isabel..., pero María llevaba la sombra de la pesadumbre y las dudas de José; se lo dijo una sencilla aldeana, a voz en grito..., pero otras voces la señalaban como la madre del loco; se lo dijo su propio Hijo..., pero con una veladura de advertencia aparentemente áspera, para que no cimentara su felicidad en la sangre o en la carne; ella misma profetizó que la llamarían “dichosa” todas las generaciones..., pero también la han reconocido como la Dolorosa, por antonomasia. Ahora ya han desaparecido los peros y nos toca a nosotros cantarle a gritos que nos alegramos infinitamente de que Ella, como también nos ha recordado el Papa, “está unida a Dios, porque vive con Dios y en Dios” (Id).

 Esta alabanza que tributamos a María no va en detrimento de la Gloria debida a Dios, sino todo lo contrario: Estamos honrando a Dios de la mejor manera que nos es posible a los redimidos que es utilizando, a la inversa, el mismo camino que Dios usó para hacerse el encontradizo con el hombre. No quisiera abusar de las citas pontificias, pero ¿cómo no remachar este pensamiento con la autoridad y el prestigio de este gran teólogo que es, a la vez, el Pastor de la Iglesia universal? “Nosotros –dice el Papa- no alabamos suficientemente a Dios si no alabamos a sus santos, sobre todo a la ´santa`.” Añadiendo un poco más adelante: “Viendo el rostro de María, podemos ver, mejor que de otra manera, la belleza de Dios” (15-8-2006). Es así, uniendo íntimamente a María con Dios, como ensalzamos adecuadamente a esta Criatura excepcional, y al mismo tiempo al Creador que la eligió por Esposa, Hija y Madre.

 ¿Cómo no alegrarnos? ¿Cómo no unir nuestras voces a las de los innumerables coros de ángeles que la recibieron en el cielo como a su Reina y Señora, manifestando, a su manera, el gozo de verla poseyendo para siempre la gloria de la bienaventuranza? La liturgia monástica, y en particular la cisterciense que tiene como Patrona de su Orden a la Asunción , siempre se ha hecho eco de los cantos jubilosos de los ángeles desde sus coros monásticos, celebrando con entusiasmo este Misterio. Todos esperamos llegar un día a celebrar esta Fiesta en el cielo. Nos anima el hecho de que María, con su maternal intercesión, nos prepara el camino de acceso a la Gloria. Por eso nuestro corazón rebosa de la más firme esperanza. Y es también el Papa el que nos dice el porqué de esta inquebrantable esperanza: porque “en el cielo tenemos una madre. El cielo está abierto; el cielo tiene un corazón”.

 

 
 

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6 de Agosto 2008

Solemnidad

de los

 

SANTOS MONJES MÁRTIRES

DE CARDEÑA

ESTEBAN Y COMPAÑEROS

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Fue por la primavera del año 711. Una densa nube de unos 7.000 hombres atraviesa el estrecho e invade nuestra Península. Alguien les ha abierto las puertas de España e incorporado otros 500 hombres al grueso del ejército que acaba de entrar en nuestra patria. Es una fuerza incontenible, una ola devastadora que todo lo arrolla a su paso. A partir de este evento no faltarán luchas, treguas, escaramuzas, pactos..., y ya se sabe: en este caldo de cultivo crecen las desavenencias, las traiciones, las venganzas, las provocaciones, los fanatismos, las persecuciones, la xenofobia, el martirio...

 Muy al Norte, nuestra abadía de Cardeña, casi recién estrenada, sufre la embestida y el zarpazo de los invasores, que quieren adueñarse de España. También en Cardeña se ha abierto un surco en el que han quedado sembradas 200 semillas de vida cristiana y monástica, regadas con sangre martirial. De esto hace ya muchos años, hablamos de siglos; pero la memoria de nuestros 200 mártires sigue viva y actual porque la maravilla de la gracia no tiene edad y el testimonio de la fe no se desvirtúa con el tiempo, sino que sigue proclamando su fuerza y su dinamismo con idéntica intensidad que cuando los hechos se produjeron. Hubo un tiempo en el que , de manera real, material, se revivía el misterioso trance del martirio, cubriéndose de sangre reciente el suelo del claustro en el que los monjes habían sido probablemente degollados y seguramente enterrados.

 La sangre: ese reguero biológico que se convierte en signo, en huella, en símbolo, en expresión de fe, de argumento apologético, en milagro moral, en prueba de santidad, en estímulo para los creyentes. Derramar la sangre equivale a dar la máxima prueba del amor como aseguró el Mártir por excelencia, Cristo Jesús. Además –y acabo de insinuarlo- el mártir que da su vida y su sangre por el Reino, es el perfecto imitador del Modelo Ideal; podríamos decir que “llueve sobre mojado” cuando el suelo de la cristiandad se empapa con la sangre martirial, ya que este suelo ha sido previamente regado por la Sangre de Cristo, el Cordero Inmolado.

¡Ah, la grandeza del martirio! No es de extrañar que ya Orígenes, Eusebio, Tertuliano, Ireneo, Prudencio, Eulogio, Isidoro... y tantos otros hayan cantado y exaltado con tanto fervor y entusiasmo la vida de los mártires. Por una especie de intuición religiosa, los cuerpos mutilados, desgarrados, desfigurados de los mártires han sido venerados como preciosas reliquias, como verdaderos tesoros..., y esto hasta nuestros días en que la Iglesia, siempre solícita, nos exhorta y estimula a perseverar en esta actitud reverente hacia los mártires (S.C. 104).

 Justamente es lo que nosotros estamos haciendo hoy: honrar en este 6 de Agosto el tránsito glorioso y feliz, desde el claustro hasta el Paraíso, de nuestros hermanos mártires. Admiración, recuero, veneración, pero también imitación y seguimiento. Al menos –si no con el cuerpo- con el corazón debemos fomentar el sentimiento martirial. “¡Ah, qué felicidad tan grande –decía nuestro hermano el beato Rafael- si pudiera dar mi vida por Jesús!” Sin embargo Rafael sabía, y también nosotros, que la “vocación al monasterio, como la vocación al martirio es precisamente llamamiento al testimonio. El monje, como el mártir, es un testigo [y no tanto por la palabra, sino por la vida]” (L. Bouyer, Introducción a la Vida Espiritual, 1964, 231). Es decir, que esa especie de forma extraordinariamente cualificada de cristificación, propia del martirio, se da unívoca y analógicamente en la vida religiosa, en general, y en la vida monástica, en particular. El martirio es la forma más absoluta de renuncia ¿y qué otra cosa hace el monje durante toda su vida? “El martirio del [monje] –nos seguirá diciendo el beato Rafael- no está en la hoguera ni en el plomo de un fusil...”

 Vemos, pues, que mártires y monjes tienen muchos aspectos comunes; por eso nos complace recordar hoy a nuestros 200 hermanos benedictinos en los que se unieron las dos realidades: la vida monástica y el martirio; y es para nosotros un consuelo saber que, aún tratándose de modelos eximios, son perfectamente imitables. 

 

 
 

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25 de Julio 2008

Solemnidad

del apóstol

SANTIAGO

Patrono de España

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No cabe duda que el lenguaje del Evangelio resulta, en muchas ocasiones, exigente y difícil de digerir. Y nada digamos de la práctica del mismo. Pasamos, como de puntillas, por algunas de las enseñanzas de Jesús, o procuramos –mediante una exégesis rebuscada, apañadita o acomodaticia- edulcorar la radicalidad del mensaje.

Por ejemplo, hoy nos dice el Maestro: “El que quiera ser grande, que sea el servidor; y el que quiera ser el primero, que sea el último de todos.” Un programa diametralmente opuesto a nuestros intereses, a lo que nos pide el cuerpo y más aún el espíritu, soberbio él. ¿Quién no padece el síntoma y la manía del poder, del ansia de protagonismo, del deseo de figurar y más en una sociedad tan competitiva, exhibicionista y ambiciosa como la nuestra? Pero este pecado es viejo y universal, que afecta no sólo al hombre sino que también ha hecho mella en los espíritus celestes que ambicionaron ocupar el trono del mismo Dios.

Santiago, nuestro apóstol, sufrió igualmente los efectos de este pernicioso virus tan sutil y dañino, de ese deseo incontrolado de grandeza y de gloria, de aspirar a los primeros puestos, de que los demás nos extiendan la alfombra por donde vamos a pasar...

Jesús va a corregir inmediatamente y con cierta contundencia este desvío de las proposiciones de su discípulo: Por ahí no se va bien. Y le habla de beber el cáliz hasta las heces, como él también lo hará primero.

Probablemente Santiago, como en su momento Pedro, no entendió el alcance de las palabras de Jesús, aunque, también como Pedro, lo entendería más tarde, cuando la luz y el fuego del Espíritu iluminó y abrasó sus entrañas. De ahí la consumación de su vida en el servicio de la predicación y del apostolado dando testimonio valiente y continuado de la resurrección de Jesucristo, su Señor y Maestro. La tradición dice que se acercó hasta las lejanas tierras de Hispania para sembrar en ellas la semilla de la salvación, pensando, como Pablo, que “cuantos más reciban la gracia, mayor será el agradecimiento para gloria de Dios.”

Santiago murió por no cejar en su empeño de transmitir vigorosamente aquella verdad que era Cristo Resucitado, de la que él había sido testigo cualificado y, en cierto modo, privilegiado. No podía silenciar la transformación, liberación y salvación de la que él mismo se sentía beneficiario. Por eso creyó que debía “obedecer a Dios antes que a los hombres”, lo que le ocasionaría más de una situación delicada, onerosa, difícil, penosa y a la postre letal. Pero ya estaba maduro para la siega, como nuestros campos de cereal lo están en estos días veraniegos. Apuró el cáliz sin temblarle el pulso, hasta el final, hasta las heces, como su Maestro.

Dios –como hace siempre- secundó los deseos del ardiente apóstol y efectivamente fue el primero: el primero del apostolado en derramar su sangre por causa del Reino, de ese Reino cuyos relevantes puestos ambicionaba.

En toda la Liturgia de hoy estamos pidiendo a Dios que mantenga viva la fe en nuestra Patria, por mediación del que llamamos nuestro  apóstol, pues, si puede ponerse razonablemente en duda el que su cuerpo muerto reposa en tierras gallegas, lo que sí es absolutamente cierto que Santiago sigue vivo en el corazón de España.

 

 
 

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11 de julio 2008

Solemnidad

de nuestro Padre

SAN BENITO

Co-patrono de Europa

y Padre del monacato occidental

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De S. Benito se pueden decir muchas cosas. Muchas se han dicho ya de él. Para nosotros, monjes, es sin duda el personaje más conocido de la hagiografía cristiana: conocemos su vida, su regla, su obra y los frutos seculares derivados de la misma. Efectivamente, la historia benedictina no se entiende sin la Regla, y ésta no se entiende sin su redactor que refleja en ella su espíritu, su talante, su calidad humana y sobrenatural.

 Pero yo creo que lo más y lo mejor que podemos afirmar de Benito es precisamente que es San Benito; que llegó, en vida, a esa cima de perfección cristiana que es el amor a Dios y al hombre. Benito fue un cristiano cabal, comprometido, diríamos hoy, seguidor e imitador de Cristo a cuyo amor nada quería que antepusieran sus hijos y discípulos.

 Ya en el siglo V, Benito vivió y enseñó (por este orden) lo que el Vaticano II nos dice a los cristianos de hoy: que somos un Cuerpo que es la Iglesia cuya Cabeza es Cristo, justicia y santidad verdaderas. Existe un imperativo, una necesidad de carácter ontológico de que los miembros de ese Cuerpo sean santos como lo es su Cabeza. Serlo, y –como dice S. Benito- luego parecerlo.

 La santidad es el fruto del amor de Cristo a su Esposa la Iglesia que debe ser recíproco. Además de ontológica es una necesidad moral. No ser santo sería la máxima frustración de la persona llamada a eso, precisamente. Ya lo decía nuestro clásico: “Loco debo de ser, pues no soy santo”.

 Además, los cristianos, por el Bautismo, estamos poseídos por el Espíritu Santo (Espíritu de Santidad) que nos vincula a Cristo, el Santo por excelencia, estando su sacratísima humanidad hipostáticamente unida  al Dios tres veces santo. Por eso decimos que el cristiano está constreñido ontológica y moralmente a llevar una vida santa.

 Hemos de presuponer, y “a posteriori” lo comprobamos, que Benito vivió con seriedad y convicción lo que a sus monjes recomienda: “¿Qué página o qué palabra de autoridad divina (`sed santos como el Padre es santo´) del Antiguo  o del Nuevo Testamento, no es una norma rectísima para la vida humana?” (cap.73). El mandato de Dios coincide con la exigencia íntima del ser del hombre.

 En la práctica, llegaremos a la santidad de Dios identificándonos con el Verbo Encarnado, Cristo, sobre todo siguiendo las actitudes fundamentales de su vida: humildad, obediencia y oración. Son los tres pilares de la Regla explícitamente recogidos en los capítulos V, VII y VIII con los epígrafes de la OBEDIENCIA, la HUMILDAD y la ORACIÓN.

 Pero no podemos olvidar el aspecto “colateral” de la santidad, que es la trabazón íntima que debe existir entre todos los miembros del Cuerpo. S. Benito pone de relieve este aspecto en el bellísimo capítulo penúltimo de la Regla, que llamamos DEL BUEN CELO. En él se revela la madurez humana y espiritual alcanzada por el Santo. El capítulo es breve, pero intensísimo. Conviene meditarlo. Sólo practicando la caridad fraterna podremos llegar a la santidad perfecta mediante la cual, unidos a Cristo, podremos –como asegura S. Benito- “alcanzar la vida eterna”.

 S. Benito ya la ha alcanzado, ya está arraigado en la caridad eterna, transformado y unido indefectiblemente al Señor. Ya está en la Gloria. Lo hermoso es que existe un lazo de comunicación entre él y nosotros mucho más fuerte que el hecho de que nosotros pretendamos seguir el camino que él nos marcó en su Regla. No solamente contamos con el auxilio de su intercesión, sino que se convierte en estímulo, ayuda, ejemplo, paradigma y garantía para nosotros.

 En esta Eucaristía nos unimos a la alabanza perenne que los Bienaventurados, y Benito entre ellos, tributan a Cristo “corona de los santos, y por él a Dios admirable en sus santos y que en ellos y por ellos es glorificado”. (L.G., 50). AMEN.

 

 
 

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7 de junio 2008

MISA CELEBRADA EN EL ACTO DE INVESTIDURA DE NUEVOS CABALLEROS Y DAMAS DE LA HERMANDAD DE MUY ILUSTRES CABALLEROS HIJOSDALGO DE RIO   UBIERNA E INFANZONES DE VIVAR DEL CID.

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La hermosa lectura del Antiguo Testamento que se acaba de proclamar, hermosa no sólo por su estructura y forma literaria, sino por su fondo doctrinal y su denso contenido humano y espiritual, me ha dado pie para unas sencillas ideas que os expongo en este Acto de Investidura de los nuevos Caballeros y Damas que habéis querido, con muy buen criterio, iniciar con la celebración de la Santa Misa que constituye, como sabéis, el momento más sublime y sagrado de la Liturgia.

Para nuestro esquema mental -nutrido por la historia y la literatura y el conocimiento de los valores morales-, las palabras Caballero y Dama nos suenan más que a grandeza ostentosa, más que a alcurnia de clase, más que a categoría social... nos suena o nos sugiere la imagen de nobleza en su sentido genuino, de honor también en su más valioso sentido, de ayuda desinteresada, de relación franca, de palabra sincera, de comportamiento sin doblez, de generosidad y apoyo incondicionales.

No sé por qué, he querido ver reflejadas estas cualidades en Rafael, el ángel compañero del joven Tobías. El le aconsejó en sus momentos de duda, le salvó de los peligros, le ayudó a encontrar su camino. Es también admirable la reacción caballerosa de Tobías padre que, junto con su agradecido hijo, quieren darle a Rafael el 50% de sus bienes, como premio  y paga de su buena gestión.

Pero Rafael se guía por otros parámetros: El caballero no piensa en sí sino en el Señor a quien sirve. Les invita -y nos invita- más bien a la alabanza al Dios del cielo, porque -añade- “ha sido misericordioso con vosotros.” “Vosotros -sigue diciendo- bendecid al Señor y divulgad sus obras maravillosas.” Porque Dios ve con buenos ojos las buenas obras que hacen los hombres: oración, ayuno, limosnas. Sepultar a los muertos y honrarles con nuestro recuerdo y oración.

Vosotros, dentro de los actos programados, también queréis rezar por los difuntos, por los más recientemente fallecidos y por los que nos separan muchos años e incluso siglos: ¡Nada tiene que ver el tiempo con la eternidad! El Cid, Ximena, sus vástagos y parientes... son personajes de ayer presentes en el hoy; Marcos, Encarnación, Alvaro, Pedro, Pilar... son personajes de nuestros días que ya corren por el río de la historia. Para un cristiano que vive de la fe, todo es presente.

En la segunda lectura vemos cómo San Pablo invita a Timoteo a vivir un poco al margen del tiempo o, si preferís, de una manera atemporal. Nos sitúa en ese punto o momento escatológico en el que todo ya es y al mismo tiempo no se ha consumado. Pablo es un luchador, un caballero que pelea por una causa noble a tiempo y a destiempo, como él dice; que aguarda sin arrogancia pero con entereza la corona merecida con que su justo Señor le va a premiar. Si Rafael era el tipo de la solicitud humilde pero eficaz, Pablo lo es de la entereza moral, del saber desgastarse hasta dar su vida por la causa de Reino.

El contrapunto a todo esto tal vez lo viene a poner esta sencilla y pobre viuda en la que Jesús puso su mirada cuando depositaba sus monedillas en el cepillo del templo. Porque la grandeza del alma no se mide por la riqueza material, ni por el poder, ni el dominio sino justamente por esa nobleza de la que hablábamos al principio que tiene que ver con la magnanimidad, la generosidad, la bondad en definitiva. Efectivamente: la viuda echó en el cepillo más que nadie, porque los otros depositaban partículas, pero ella regaló su corazón entero.

Ojalá, hermanos coabades y sacerdotes, Caballeros y Damas, miembros todos de la Iglesia nos aprendamos la lección: una cruz y una espada, símbolos de la mansedumbre y de la energía del guerrero; símbolo del pacífico Reino de Dios que sólo con violencia se alcanza... Ojalá, insisto, acertemos a vivir con sereno equilibrio las múltiples realidades de la vida sabiendo conjugar ponderada y sabiamente la astucia de la serpiente y la candidez de la paloma.

 
 

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31 de mayo 2008

VISITACIÓN DE MARIA A SU PRIMA ISABEL

Misa de Hermandad o Romería en torno al Monasterio de Cardeña

CARCEDO DE BURGOS, CARDEÑAJIMENO, CASTRILLO DEL VAL, SAN MEDEL, MODUBAR DE LA CUESTA, VILLAYERNO-MORQUILLAS.

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Se me ofrece en este día una grata oportunidad de hablar de la Eucaristía y de la Virgen María, por la cercanía con la Fiesta del Corpus y por ser el mes de Mayo, dedicado a María, además de celebrar hoy la fiesta de la Visitación de la Virgen María a Isabel.

La Eucaristía y María: dos realidades muy vinculadas entre sí, absolutamente indisociables, el pan y la sal de toda vida cristiana, el máximo exponente del catolicismo como fe y como vida. Es más, la calidad de esta vida y el crecimiento y maduración de los compromisos bautismales están en relación directa con la vivencia convencida, operante y continuada de los contenidos de estos dos misterios convergentes: La Eucaristía y María.

La frase acuñada por el Concilio Vaticano II de que la Eucaristía es la fuente y el culmen de la vida cristiana constituye toda una síntesis del valor santificador de la misma; y la expresión de S. Bernardo de que María fue el Instrumento de la salvación coloca a María en un puesto único, absolutamente original dentro de la Iglesia en su papel de Corredentora o Co-víctima.

Todos conocemos la famosa y bellísima obra de Miguel Angel que se exhibe en el Vaticano: La Pietá. Cristo, la Víctima inocente reposa sobre las rodillas de la Madre que semejan un altar sobre el que se ofrece el Santo Sacrificio. Es una imagen cabal del papel que María desempeñó, desempeña y desempeñará hasta el fin de los tiempos en el Misterio de nuestra Salvación. Parece que nos está diciendo: la Misa ha terminado, pero seguirá renovándose cada vez que un sacerdote ejerza su misión de consagrar el pan y el vino a cualquier hora y en cualquier rincón de la tierra.

 Si Jesús nos redimió con su Cuerpo y su Sangre es porque antes sus miembros se formaron en el vientre de María, gracias al SI de la Anunciación. María vivió su propia inmolación incruenta junto a la de su Hijo. Este acabó dándonos a María como Madre antes de espirar en la cruz. Se convierte así en guía, modelo y ayuda para toda la Iglesia.

Eucaristía y María. María y Eucaristía. Si hacemos un recorrido por la vida de la Virgen y a la vez por los momentos más importantes de la liturgia de la Misa, veremos la repercusión, la integración, la disposición y ejemplaridad de María de un modo eminente. Pues si hay un momento o tiempo exacto de relación de María con Cristo en la Iglesia éste es en la celebración del Santo Sacrificio. No olvidemos la afirmación fundamental de que María es a la vez FIGURA y MADRE de la Iglesia.

 Sólo voy a enumerar las partes principales de la Misa y su incidencia mariana:

·        María, escuchadora de la Palabra, que rumiaba en su corazón abierto a las inspiraciones del E. S.

·        María, en la Oración de los Fieles, se muestra no sólo como orante con la Iglesia (recordemos Pentecostés), sino como intercesora por medio de su Hijo (Caná).

·        María se ofrece sin reservas al plan divino y ofrece el fruto de sus entrañas a Dios el día de su Purificación, como nosotros ofrecemos el pan y el vino.

·        María cantó su Magnificat, que es como el canto del Prefacio con que abrimos el corazón a la alabanza, a la confianza y a la obediencia.

·        María “fecundada” por el E. S. se convierte en el ejemplo vivo de la fuerza transformadora  que ejercerá el mismo Espíritu sobre el pan y el vino eucarísticos convertidos en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

·        María cooperó activamente en el Calvario consintiendo en la victimación de su Hijo, gesto que se repite en cada Eucaristía.

·        María tuvo 9 meses a Verbo en su seno en una intimidad que sólo una madre puede entender; pero también comulgó con el Cuerpo y la Sangre de su Hijo haciéndolo verdadero alimento de su alma, como cualquiera de nosotros en la Comunión.

·        María, finalmente, mantuvo su FIAT, es decir su AMEN a todo el plan de Dios desde que el Hijo de Dios vino a su seno, hasta que fue depositado en el seno de la tierra. Es el Amén final con que los fieles corroboramos el proyecto salvífico de Dios que se acaba de renovar en la Misa.

Vamos a pedir a la Virgen que nos visite, como visitó a su prima Santa Isabel, trayendo al Salvador y la Salvación en sus seno.

Que en esta y todas las Eucaristías nos haga vivir en plenitud los designios amorosos de Dios sobre cada uno de nosotros.

Que de cada Eucaristía salgamos más marianos; y que de cada acto mariano salgamos más eucaristizados. Que se nos pueda definir como el papa Juan Pablo II definió a María, como cristianos eucarísticos, o mejor como cristianos eucarístico-marianos. Así sea.

 

 

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